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Aug
18

¿ Por qué eres Maestro?

El próximo lunes 23 de agosto dará inicio el nuevo ciclo escolar 2010-2011. Los nervios de los alumnos y la emoción de comenzar un nuevo ciclo están presentes. Muchos maestros ya iniciaron labores y se encuentran preparando la bienvenida para sus alumnos, capacitándose, preparando material, organizando la planeación.

Hagamos un alto en el camino revaloremos lo que hacemos hoy aquí y lo que esta a punto de comenzar. La labor de un maestro va mucho más allá de los preparativos, un maestro se da a si mismo con sus alumnos. Todo lo que somos lo transmitimos desde el primer día de clases en la puerta recibiendo a los alumnos con una enorme sonrisa, compartiendo la emoción que nosotros también vivimos de comenzar un año de retos y responsabilidades.

El lunes pasado tuve el privilegio de conocer a un increíble equipo de maestras comprometidas y entusiastas en el curso de Mapas Mentales que impartió Just For Teachers en el Colegio Pedregal de Santa Fe. Miss Elia Poo maestra que emana conocimiento, entusiasmo y esa actitud positiva que es el reflejo de la vocación que vive y nutre todos los días, comparte con nosotros este bello escrito que llego a sus manos.

Muchas gracias Miss Elia ha sido un honor conocerte.

Por qué soy maestro

En su mayoría, los seres humanos son bondadosos porque algún olvidado profesor estuvo con ellos cuando lo necesitaron.

¿Por qué eres maestro? Un amigo me hizo esta pregunta cuando le dije que no deseaba que me tomaran en cuenta para ocupar un cargo administrativo en la escuela. Lo desconcertó el que yo no anhelara lo que obviamente representara un “paso” hacia el dinero y el poder.

Y no es que para mí sea fácil ser maestro. La docencia es la actividad más difícil de todas las que he desempeñado para ganarme la vida: mecánico, de motoconformadoras, carpintero, administrador de una universidad, escritor.

Para mí, la enseñanza es una profesión que enrojece los ojos, hace sudar las manos y frustra. Enrojece los ojos porque nunca me siento preparado para dar una clase, sin importar que la haya estado preparando hasta muy tarde la noche anterior. Hace sudar las manos porque siempre estoy nervioso antes de entrar en el salón de clases, convencido de que  todos descubrirán lo tonto que soy. Y frustra porque habitualmente salgo del salón, una hora después, con la certeza de que resulté más aburrido que nunca.

Tampoco soy maestro por creer que tengo todas las respuestas, ni porque posea un caudal de conocimientos que me vea obligado a compartir. ¡A veces me asombra que mis alumnos tomen notas de lo que digo en clase!

¿Por qué, entonces, me he dedicado a la enseñanza?

Porque me agrada el ritmo del calendario académico. Los meses de vacaciones me ofrecen la oportunidad de mezclar la reflexión, la investigación y la escritura, ingredientes todos de mi receta para la docencia.

Soy maestro porque el magisterio es una profesión basada en el cambio. Aunque el material sea el mismo, yo cambio y, lo más importante, mis alumnos cambian.

Soy maestro porque me gusta la libertad de cometer mis propios errores, de aprender de mis propias lecciones, de estimularme a mí y a mis alumnos. Como profesor, soy mi propio jefe. Si quiero que mis alumnos de primer año creen su propio texto de composición para aprender a escribir, ¿quién me lo prohibirá? El curso puede ser un fracaso estrepitoso, pero todos podemos aprender de los fracasos.

Soy maestro porque me agrada hacer preguntas que los estudiantes deben esforzarse por responder. El mundo está lleno de respuestas correctas a malas preguntas. Cuando doy clases, a veces tropiezo con buenas preguntas.

Soy maestro porque me encanta aprender. En realidad, me mantendré vivo como maestro sólo mientras siga aprendiendo. Uno de los principales descubrimientos de mi vida profesional es que enseño mejor, no lo que sé, sino lo que quiero aprender.

Soy maestro porque me regocija encontrar en esta profesión, encerrada en una torre de marfil, la manera de salir, junto con mis alumnos, de la torre para penetrar en el mundo real. Cierta vez di un curso titulado “La confianza es uno mismo dentro de una sociedad tecnológica”. Mis 15 alumnos leyeron a Emerson, Thoreau y Huxley, llevaron diarios y redactaron composiciones como parte del examen final.

Pero además, mis alumnos y yo formamos una corporación, pedimos un préstamo a un banco, compramos una casa derruida y, restaurándola, ejercitamos la confianza en nosotros mismos. Al concluir el semestre, vendimos la casa, pagamos el préstamo y los impuestos y distribuimos las ganancias entre el grupo.

Ciertamente, ese  no fue un curso ordinario de literatura. Sin embargo, 15 futuros abogados, contadores y empresarios se encontraron de  pronto leyendo Walden, de Thoreau, con nuevos ojos. Aprendieron por qué Thoreau se fue al bosque, cómo construyó su cabaña y por qué se sintió tan bien por su experimento que quiso contárselo al mundo. También supieron por qué, al final, dejó el bosque: había saboreado las aguas del estanque Walden, y ya era tiempo de buscar otros néctares.

Soy maestro porque la enseñanza me ofrece muchos néctares que degustar, muchos bosques que habitar y abandonar, muchos libros magníficos que leer, muchas experiencias en torres de marfil y en la vida real que descubrir. El magisterio me brinda un ritmo, una variedad, un desafío y la oportunidad de seguir aprendiendo.

Hasta aquí he omitido, empero, las razones más importantes por las cuales soy maestro.

Una es Vicky, mi primera estudiante de doctorado. Vicky era una joven llena de energía que tenía dificultades para pasar de la emoción de la literatura al rigor de la erudición académica. No obstante, se esmeró en su tesis sobre un poeta casi desconocido del sigo XIV. Y escribió esforzadamente artículos que envió a revistas especializadas. Lo hizo todo por sí misma, con sólo una leve y ocasional ayuda mía, pero estuve presente cuando concluyó su tesis, cuando le informaron que habían aceptado aquellos artículos, cuando consiguió empleo y obtuvo una beca para pasar un año en la Universidad de Harvard trabajando en un libro, en el cual desarrollaría ideas que había concebido como estudiante mía.

Otra razón es George, uno de los alumnos más brillantes que he tenido. Empezó como estudiante de ingeniería y luego pasó a estudiar literatura porque descubrió que le gustaban más las personas que las cosas. Se recibió y ahora es maestro de literatura en una escuela secundaria.

Y también Jeanne. Ella abandonó la universidad, pero algunos de sus condiscípulos la hicieron regresar porque deseaban verla concluir el proyecto de la casa que nos daría más confianza en nosotros mismos. Estuve presente cuando regresó. También estuve presente cuando me dijo que estaba interesada en los pobres de las ciudades y siguió adelante para convertirse en abogada especializada en los derechos del individuo.

Y Jacqui, empleada de limpieza que sabe por intuición más de lo que muchos hemos aprendido por medio del análisis. Jacqui ha resuelto terminar la escuela secundaria e ingresar en la universidad.

Tales son las verdaderas razones por las que soy maestro: estas personas que crecen y se transforman frente a mí. Ser maestro significa asistir a la creación, cuando la arcilla cobra aliento. Nada resulta más emocionante que estar cerca en el momento en que comienza a respirar.

Un “ascenso” fuera del aula me proporcionaría dinero y poder. Pero yo tengo dinero. Como profesor, me pagan por hacer lo que más me deleita: leer libros, conversar con la gente, hacer descubrimientos y plantear preguntas como esta: “¿Qué objeto tiene ser rico?”

Además, tengo poder, el poder de alentar, avivar chispas, hacer preguntas difíciles, alabar un intento de respuesta, condenar el ocultamiento de la verdad, sugerir la lectura de libros y señalar un sendero. ¿Qué otro poder es más importante?

Pero el magisterio también ofrece algo que supera al dinero y al poder: ofrece amor. No nada más el amor al aprendizaje, a los libros y a las ideas, sino también el amor que  el maestro siente por el alumno extraordinario que entra en su vida y empieza a respirar. Pero tal vez no sea adecuada la palabra amor: sería mejor magia.

Soy maestro porque, al acompañar a personas que empiezan a respirar, de cuando en cuando me sorprendo recobrando el aliento con ellas.

Por Pete Beidler

About the author

Patricia Giménez

Lic. Patricia Giménez Camacho Preside la Asociación Just For Teachers desde el año 2008. Imparte Talleres y Cursos a Maestros Padres de Familia y Niños, en Colegios al interior de la República. Cursos que imparte: EL PODER DE UN MAESTRO MAPAS MENTALES TRABAJAR POR COMPETENCIAS ESTRATEGIAS DIDÁCTICAS Y DESARROLLO DE COMPETENCIAS TALLER DE VALORES ESTILOS DE APRENDIZAJE E INTELIGENCIAS MULTIPLES

1 comment

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